Hungría está de vuelta. El fútbol europeo
necesitaba recuperar a un país tan mítico como el magiar, y lo hizo después de
un auténtico exilio por el desierto. Fue ante Noruega, junto a su público, donde puso fin a más
de 40 años sin jugar una fase final de estas características.
Para los aficionados húngaros más jóvenes será misión imposible recordar un
momento similar. El mundial de México de 1986 fue el último
gran sueño de los magiares, sueño caduco que necesitaba renovarse. Atrás queda
una selección inolvidable, con una colección de jugadores de otra época: Puskas, Bozsik, Szibor o Hidegkuti, quienes
lograron dos subcampeonatos mundiales y los oros olímpicos de las décadas de
los 50 y 60. Historia del fútbol.
Historia del fútbol que hoy vuelve a escribirse. Sería
injusto comparar a aquella potencia húngara con el equipo actual, pero al menos
la selección que dirige Storck vuelve a codearse con los grandes. En su momento, ya
mereció la clasificación directa, pero el destino le tenía reservado una
repesca imborrable.
El
partido, como el de la ida, tuvo más control de balón noruego, pero mucho más
acierto magiar. Al poco de comenzar, Priskin marcaba por toda la escuadra tras
un genial contragolpe. Dirigida por un sensacional Kleinheisler, quien ya marcó
en la ida, y protegida por el eterno Gabor
Kiraly (siempre con sus
inequívocos pantalones largos), guardó su ventaja hasta el final, donde Nyland
marcó en propia puerta. El tanto de Noruega fue un ligero consuelo para una
selección que mereció más en la ida.
Tras el pitido final, la fiesta fue total en Budapest y en todos los rincones de Hungría. Un país con
personalidad, como ya ha demostrado en el ámbito político, que vuelve a una
élite que le costó mucho recuperar.
El portero húngaro Gabor Kiraly tras el segundo gol magiar.
Fotógrafo: Laszlo Balogh/Reuters

Reuters jajajaj, que mítico
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